Los amantes del Pont-Neuf: el decorado más caótico del cine francés

El rodaje que requirió levantar una réplica completa del puente

Uno de los elementos más llamativos de muchos de los blockbusters del cine es, sin lugar a dudas, la creación de impresionantes decorados capaces de transportarnos a universos fantásticos o recrear escenarios donde tuvieron lugar acontecimientos históricos. Basta con hacer una búsqueda rápida por Google para encontrarnos con sets de películas como Titanic o El Señor de los Anillos. Aunque podríamos analizar en profundidad la construcción de alguna de esas maravillas de cartón piedra, a principio de los años 90 hubo una película que llevó esa obsesión por el decorado y la autenticidad del mismo hasta el extremo de convertirse en una de las producciones más caóticas de la historia del cine francés: Los amantes del Pont-Neuf. 

Todo comienza con la necesidad enfermiza de filmar una película exactamente en el Pont-Neuf de París, irónicamente, el puente más antiguo de la ciudad. Al ver la película parece imposible no creer que las escenas transcurren en el auténtico emplazamiento, donde el Sena y la historia de ambos protagonistas confluyen orgánicamente. Pero, como pasa muchas veces en el cine de ficción, nada es lo que parece. El Pont-Neuf que aparece en la película no es el Pont-Neuf, o, al menos, no del todo. 

Leos Carax, un director inclasificable y, por lo visto, algo terco, consiguió los permisos del Ayuntamiento de París para rodar la película durante dos semanas en el puente real. El problema llegó cuando su actor protagonista y fetiche, Denis Lavant sufrió una lesión que obligó a detener todo el rodaje. Tras este parón, el permiso de grabación expiró y la producción se quedó sin puente. Lo lógico habría sido reescribir escenas, abandonar el proyecto o buscar otro puente, pero Carax quería ese. 

Así que, en ese momento de desquicie, se tomó una decisión: construir una réplica gigante del Pont-Neuf y de parte de todo su entorno. Se construyó el puente entero, las calles y edificios cercanos y una imitación del río Sena. Podría no ser del todo sorprendente, pero tengamos en cuenta que, a diferencia de las películas con grandes sets que hemos mencionado anteriormente, Los Amantes del Pont-Neuf iba a ser una película francesa de autor sobre la historia de amor de dos vagabundos. La obra faraónica en la que se adentraba la producción crearía su fama de “película maldita”. 

Réplica del Pont-Neuf y sus alrededores creada para el rodaje de la película.

Como es lógico, el presupuesto se disparó de manera absurda. Los retrasos, los accidentes, el clima, las tensiones y la exigencia perfeccionista por parte de Carax hicieron que Los Amantes del Pont-Neuf se terminara convirtiendo en la película más cara de la historia del cine francés hasta ese entonces. Recordemos que esta obra no tenía la pretensión de ser una superproducción comercial, sino una historia triste y romántica en un ambiente de exclusión social. Y es, quizá, eso lo más fascinante de todo esto: esa escala gigante del proyecto contrasta con la intimidad propuesta en la película. 

Alex (Denis Lavant) y Michele (Juliette Binoche) son dos mendigos que viven en el puente cerrado por obras. Él es un artista de circo con problemas de alcoholismo y  ella una pintora que sufre una enfermedad que la está dejando ciega. Por lo general, para la industria del cine este no sería argumento suficiente para justificar los millones invertidos en hacer una reconstrucción de una parte de París. Sin embargo, para Leos Carax la pasión de los personajes necesitaba una escala monumental, un escenario excepcional que fuera el corazón de la película. 

Una de las escenas con más fuerza del film se produce durante la celebración del bicentenario de la Revolución Francesa. Los protagonistas corren y bailan por el puente mientras fuegos artificiales llenan el cielo de París. Esta secuencia, casi suspendida fuera del tiempo de la historia, tiene esa sensación física que hoy cuesta encontrar. El abaratamiento de los costes de las producciones de cine por la estandarización del uso de VFX en detrimento de los efectos prácticos, hace que escenas así, donde no hay perfección artificial solo fuego, piedra y cuerpos moviéndose por el espacio, sean prácticamente mágicas. 

Alex y Michele en el Pont-Neuf durante la secuencia de fuegos artificiales.

El encanto hechizante de la película se rompe al conocer las consecuencias que tuvo esta ambiciosa obra para sus productores. En el cine, la magia muchas veces se paga y no barata, por lo que Los Amantes del Pont-Neuf estuvo a punto de hundir económicamente a sus productores. La prensa francesa comenzó a burlarse del rodaje mucho antes de que se plantease incluso su fecha de estreno, marcando a Leos Carax como un director brillante pero imposible de controlar. El cine europeo no juega en la liga presupuestaria de Hollywood, ya que los presupuestos monstruosos de las producciones americanas suelen recuperarse en taquilla, en cambio, aquí en Europa es difícil que directores que arrastran la etiqueta de “cine de autor” como Carax funcionen a nivel comercial. 

La fama de cinta maldita no sólo tuvo que ver con el inflado presupuesto y su producción. Al caos se sumaron accidentes como el sufrido por Juliette Binoche durante una escena en el agua, cuando estuvo a punto de ahogarse en el río tras ser arrastrada por la corriente, así como otra multitud de anécdotas curiosas como relaciones sentimentales, actuaciones extremas de método o la desaparición posterior del set, que no cabrían en una sola entrada. 

Aún así, la genialidad de la obra y el tiempo terminaron convirtiendo a Los Amantes del Pont-Neuf en una película de culto. Quizá detrás de toda la leyenda de presupuestos imposibles, rodajes infernales y decorados gigantescos, permanece la visión de un artista que construyó un puente entero para hablar de dos personas que no tenían nada. Levantó una París de cartón piedra para hacer el retrato de aquellos que sobreviven al margen de ella y gastó una ingente cantidad de dinero para hablar de una pequeña historia de amor en una industria que exigía seguridad y rentabilidad. 

Por eso, Los amantes del Pont-Neuf podría considerarse hoy como una rareza irrepetible. Una película artesanal hecha antes de que los decorados físicos se vieran sustituidos por pantallas verdes y en el momento en el que la terquedad de un director fue suficiente para reconstruir un puente entero sólo por una historia de dos vagabundos enamorados. Hoy parece una idea absurda y precisamente por esa razón sigue siendo tan hipnótica.