Si te encuentras en el centro, lo único que debes hacer es coger la calle que se ubica entre la carpa de cocina y la de seguridad. Una vez veas el cartel que marca que nos adentramos en la zona B, tienes que girar a la derecha y atravesar toda la Calle Tano hasta llegar a la Plaça del Clavenyal. Allí, sentado en una silla de camping, me encontrarás o bien escribiendo este texto o, con bastante probabilidad, jugando a las cartas.
Si estas indicaciones no te han aclarado suficientemente bien dónde nos encontramos, no te preocupes, es que esto sólo lleva existiendo desde los primeros días de octubre. Toda la gente que había pasado por allí antes siempre había convenido en llamar a todos estos lugares con un genérico «Plaza del ayuntamiento de Valencia». Pero todo cambió cuando, siguiendo a otras ciudades, muchos habitantes de la capital valenciana nos decidimos a acampar tras las manifestaciones por la vivienda del sábado 3 de octubre.
Son días de efervescencia política, de creación de comunidad, de vitalidad, de volver a creer que otro futuro es posible… sin embargo (y ante la disyuntiva que nos plantea publicar esto en este medio) no son días de cine. El cine hace tiempo que dejó de estar presente en fenómenos políticos espontáneos. O, al menos, lo está de una manera a la que no nos tenía acostumbrados si echamos un vistazo al resto de su historia anterior. Pero, ¿Por qué?
El cine (es) político
Que toda manifestación artística, y consecuentemente toda película, es política es una afirmación con la que muchos podremos estar de acuerdo en mayor o menor medida en tanto que toda obra se realiza por alguien concreto que piensa de una forma concreta en un contexto concreto. Pero si esa obra mira directamente de frente a un proceso político, es indisoluble de este adjetivo.
Así pues, películas que intenten tratar estos procesos sociales han existido siempre, pero no de la misma forma. Durante la primera mitad del siglo XX, estas obras solían ir de la mano de la propaganda política que se estaba dando entre o durante los diferentes conflictos. Pero el punto de inflexión del cine político fue en los años 70.
La explosión del cine político en los 70
Fue durante esta década que se dieron las condiciones para la explosión de un cine que verdaderamente podriamos llamar político. Por un lado, a lo largo de todo el mundo se dieron procesos que pedían ser filmados: el fin de algunas dictaduras (la Revolución de los Claveles en Portugal o la Transición en España), el comienzo de otras (la dictadura de Pinochet en Chile tras el gobierno de Allende), el desarrollo de nuevas formas políticas aupadas por el desprestigio de algunos partidos comunistas tras las revoluciones de colores y el mayo del 68 francés, la siempre presente cuestión palestina, la culminación de la desconolización…
Por otro lado, los dispositivos cinematográficos se pudieron desarrollar lo suficiente hasta hacerse más pequeños y manejables y así llevarlos a lugares en los que el cine no había estado nunca: asambleas de barrio, sindicatos, manifestaciones… De forma general: la calle. De esta forma, el cine se hizo colectivo, indisoluble de los procesos que empezó a retratar y tuvo a la palabra como protagonista. En España, tenemos a Cecilia Bartolomé, Helena Lumbreras o Llorenç Soler como algunos de las grandes figuras de este periodo. Internacionalmente, es imposible no mencionar a Patricio Guzmán y su Batalla de Chile.
Tras estos momentos de efervescencia política, este cine no desapareció, pero su vertiente más militante se hizo más minoritaria ante la irrupción de la cultura festiva de los 80, mientras que sus formas de acercar la cámara a la calle fueron cooptadas por la televisión.
Las nuevas formas de convivir de la palabra y la imagen
Los años fueron pasando y pese a que la televisión ha tenido desde entonces en este formato uno de sus grandes baluartes, no es el único medio que se ha constituido así. En el último lustro hemos vivido un renacer de la palabra como vehiculo audiovisual a través del auge del reel como formato en las redes sociales.
Con estas nuevas reglas de juego encima de la mesa, el cine tiene poco que hacer. Esa inmediatez que un día pudo entregar hoy ha desaparecido ya en favor de las redes y, en menor medida, de la televisión. Así pues, la cuestión social ha acabado encontrando refugio en el cine a través de la ficción como forma de contar estas historias. Ahí está Ken Loach como su ejemplo más emblemático.
Quienes estamos experimentando cualquiera de las acampadas en primera persona, somos testigos del ejército de influencers que se acerca para intentar capitalizar la lucha a favor de sus intereses personales. Sin embargo, al menos en el caso de la acampada de Valencia, no ha habido ni una sola cámara de cine a la vista. El cine ni está ni se la espera por aquí.
Ahora mismo, no creo que el cine quiera ni pueda acercarse a estas acampadas si no es a través de una historia ficcionada de alguien que las haya vivido personalmente cuando, dentro de unos años, se quiera (o necesite politicamente) recordar estos momentos de manera romántica. No queda pues rastro de aquel espíritu setentero de un cine colectivo que desee fundirse con la historia; el cine de las acampadas será pensado y ejecutado de manera individualista para poder entrar dentro de los circuitos comerciales. Y desafortunadamente creo que el cine documental acabará también cayendo en estos postulados.
El proceso social está por encima del cine que lo retrata
Me gustaría haber hecho de este artículo algo más profundo, pero de la misma manera que las dinámicas inherentes a las redes me empujan a subirlo lo antes posible antes de que la lucha se diluya, me invade también la inmensa voluntad de querer vivir todo este proceso social en primera persona y no narrarlo en tercera. Es en estos momentos que uno puede llegar a entender a Lenin cuando escribió aquellas últimas palabras de El estado y la revolución:
De «estorbos» así no tiene uno más que alegrarse. Pero la redacción de la segunda parte del folleto (dedicada a «La experiencia de las revoluciones rusas de 1905 y 1917») habrá que aplazarla seguramente por mucho tiempo; es más agradable y más provechoso vivir la «experiencia de la revolución» que escribir acerca de ella.
Qué más quisiera yo que poder siquiera comparar lo que estamos viviendo a través de las diferentes acampadas con aquella Rusia revolucionaria. Pero aunque la escala sea infinitamente menor, debemos permitirnos habitar la ilusión. Una ilusión de la que el cine no forma parte porque absolutamente nada es más importante que la construcción de un futuro mejor. Incluso las películas.