El cine de los Juegos Olímpicos y la celebración de la humanidad

Fotograma de Tokyo Olympiad
Tokyo Olympiad y la grandeza del cine y el deporte

Este verano todo ese estrato de la sociedad que conformamos las personas a las que nos gusta gritarle a una televisión estamos de suerte ya que ha sido año de mundial de fútbol. Y no cualquier mundial, el mundial más grande hasta la fecha y del que, para más inri, ha salido vencedora España. Una competición celebrada principalmente en Estados Unidos (¿Quién se acuerda ya de México y Canadá?) y que los yankees, como ya nos tienen acostumbrados ante cualquier tipo de evento, saben explotar económica y políticamente como nadie. 

Si a la vergüenza que ha sido esta Copa del Mundo en términos políticos le añadimos toda la inevitable deriva neoliberal que ya ha asumido por completo el deporte rey, podremos dilucidar muchos de los males de los que adolece la profesionalización del deporte y nuestra relación como espectadores con él. Sin embargo, quiero creer que existe otro certamen deportivo que todavía conserva el espíritu que ha respirado durante la mayor parte de su historia: las Olimpiadas y la voluntad de celebrar la humanidad a través del deporte.

Un recorrido por el cine de los Juegos Olímpicos

Los primeros años

Corría el año 1896 y los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna se celebraron, como no podía ser de otra manera, en Atenas, pues se quería rememorar aquella gloria pasada de los atletas de la Grecia clásica. A la capital del país mediterráneo la fueron sucediendo como sede (ya sabemos, cada 4 años) las ciudades de París, San Luis, la propia Atenas nuevamente, Londres, Estocolmo, Amberes (que reabría la competición después del parón por la Primera Guerra Mundial), Paris otra vez, Ámsterdam, Los Ángeles, Berlín y Tokio en 1940. 

O esa era la idea inicial. Pocos años antes, el Japón fascista había iniciado la guerra sino-japonesa y fueron los propios nipones los que renunciaron a acoger las Olimpiadas. Finalmente, ni éstas ni las siguientes en 1944 se acabarían celebrando debido al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, los japoneses todavía deseaban dar la bienvenida a la llama olímpica. No fue hasta 1964 que lo consiguieron.

Casualidades de la vida, al mismo tiempo que se estaban celebrando aquellos primeros JJOO modernos en Atenas, unos hermanos franceses de apellido Lumière jugueteaban con un invento que habían desarrollado escasos meses antes: el cinematógrafo. Desde el primer momento, los Juegos Olímpicos y el cine sabían que debían entenderse de manera conjunta, que las mayores proezas físicas de la humanidad debían quedar registradas a través de la imagen en movimiento, la mayor de las proezas técnicas. Sin embargo, por obvias razones logísticas, el cine todavía no podía hacerse cargo de registrar de forma satisfactoria un evento de tales magnitudes, así que durante los primeros años fue la fotografía la encargada de hacerlo.

Los Juegos Olímpicos empiezan a tener películas

Así fue hasta que llegó la cita de Estocolmo en 1912, que tuvo el honor de tener una obra cinematográfica propia. A partir de ese momento, las películas oficiales de la cita olímpica se fueron sucediendo con mayor o menor suerte, pues tenemos ediciones en las que no se pudieron realizar debido a la falta de recursos durante la posguerra o el gran hito de Berlín 1936, donde la cineasta Leni Riefenstahl realizó lo que, no por ser mera propaganda nazi, debemos dejar de considerar como un auténtico prodigio cinematográfico. 

Dónde se coloca la cámara y qué se hace con ella nunca es inocente y todo movimiento de cámara es político, bien lo sabía Riefenstahl, que en su Olympia pone al cine a merced de la ideología nazi-fascista y crea una oda a los cuerpos perfectos y a la raza superior. A través, eso sí, de la innovación cinematográfica. Después de la realización de Olympia, las películas olímpicas se siguieron realizando con más pena que gloria. Los Juegos de Londres, Helsinki, Melbourne y Roma no contaron con un filme que les hiciera justicia. Pero todo cambió en 1964, ya sabéis, cuando Tokio tuvo su revancha y pudo acoger las Olimpiadas por primera vez

El caso de Tokyo Olympiad

Tokyo Olympyad como regalo

Ver cualquier película que retrate los Juegos Olímpicos es un regalo para muchos tipos de frikis. El caso de Tokyo Olympiad, que así se llamó la cinta dirigida por Kon Ichikawa, es un regalo, en primer lugar, para los frikis de la geopolítica. Aquí podemos ver competir a la República Árabe Unida (unión política entre Egipto y Siria entre 1958 y 1961, aunque sería el nombre que seguiría usando el país egipcio hasta una década más tarde) o a una Alemania unida bajo la bandera con los cinco anillos olímpicos como escudo (aunque para ser justos, lo habían hecho por primera vez en Roma 60). 

También es un regalo para los frikis de las intrahistorias del deporte, pues Tokio 64 es la última vez que todos los atletas de la modalidad de salto de altura saltan de lado y no de espaldas (esta técnica la usaría por primera vez Dick Fosbury en los siguientes Juegos de México 68. Ganando el oro, por cierto). O donde tiene lugar el fatídico suceso de Kokichi Tsuburaya, corredor japonés de la maratón que vio cómo el británico Basil Hatley le adelantaba en la última curva, relegándolo a la tercera posición. El deportista japonés no podría seguir viviendo con la sensación de haber fallado a su pueblo y se quitó la vida 3 años más tarde con aquella medalla de bronce en la mano.

Tokyo Olympiad como regalo para nosotros, los frikis del cine

Por encima de todo ello, Tokyo Olympiad es un regalo para nosotros, los frikis del cine. La película abre con la imagen de un atardecer y, seguidamente, una bola de demolición. Todo lo que ha ocurrido hasta este momento (la posguerra, las obras cinematográficas olímpicas anteriores) no importa, es ahora que se construye un mundo, un deporte… un cine nuevo. Toda esta introducción con la llama olímpica y la ceremonia inaugural ya nos hace presagiar que estamos a punto de ver algunas de las imágenes deportivas más bellas que se hayan filmado jamás.Pero esta obra no es sólo importante por la extremada poesía de sus imágenes (por si fuera poco), pues es una delicia cómo Ichikawa es capaz de construir las narrativas de los diferentes deportes a través de las recursos propios del cine. 

El cine al servicio del deporte

Es la final de 80 metros valla femenino, suena el pistoletazo de salida, la imagen se ralentiza y todo el sonido se desvanece. Todo, excepto la caída atronadora de una de las vallas golpeada por una atleta, que se siente como si el país entero se hubiera caído con ella. Durante la final de voleibol femenino pero no vemos nada, el partido se nos presenta con la pantalla en negro tan sólo a través del sonido de las zapatillas arrastrándose por el suelo, el golpeo del balón y los gritos de las deportistas. 

En los 10.000 metros lisos masculinos, el narrador nos dice que los atletas tendrán que recorrer el circuito 25 veces para completar la prueba mientas la cámara se olvida de los deportistas y empieza a hacer un paneo a través de toda la pista de atletismo. Finales de piragüismo: no vemos a personas remando, vemos siluetas que se proyectan sobre el agua a través de un maravilloso contraluz. 

Son los ensayos de la gimnasia rítmica y las gimnastas destacan sobre un fondo negro mientras sus piruetas son representadas cinematográficamente a través de una técnica que bien puedo usar como inspiración Norman McLaren para realizar unos años después su maravilloso Pas de deux. Son los preámbulos a los combates de boxeo y la imagen parece sacada directamente de Toro salvaje con un blanco y negro que, no me cabe duda, un joven Scorsese vio y, tal vez sin darse cuenta, empezara a imaginar la historia de Jake La Motta.

La cámara donde nunca había estado

No obstante, Ichikawa insiste también en sacar la cámara del centro de las pistas, los pabellones, los gimnasios, las piscinas… para quitarle el protagonismo a los deportistas y contarnos cómo se viven los Juegos desde puntos de vista a los que no estamos tan acostumbrados, menos aún en ese ya lejano 1964. En las primeras imágenes que son puramente deportivas, nos muestra directamente el final de la carrera masculina de los 100 metros lisos desde la lejanía, como si no quisiera darle importancia al campeón para, acto seguido, cortar a planos más cerrados, en cámara lenta y con una cuidadísima edición de sonido de cómo los equipos preparan los puestos de salida desde los que más tarde arrancarán los corredores. 

Hay toda una secuencia dedicada a cómo se trabaja desde la sala de prensa para que los periodistas de las diferentes delegaciones lleven a sus países las retransmisiones de todos los deportes y en todos los idiomas. De igual forma, son constantes los primeros planos de un público que disfruta totalmente entregado viendo cómo el espíritu olímpico se personaliza ante ellos en esos miles de deportistas.

El acompañamiento a Ahmed Issa

Pero si hablamos de puntos de vista, no podemos olvidarnos de cómo la película dedica una cantidad de metraje nada despreciable a acompañar a Ahmed Issa a través de su aventura olímpica. Éste fue uno de los 2 únicos representantes que tuvo Chad en sus primeras Olimpiadas, pues había conseguido la independencia escasos años antes. La cámara se olvida durante un momento de los momentos gloriosos del deporte y nos enseña a Issa entrenando, comiendo, entrando al estadio y preparándose para correr la semifinal de los 800 metros. 

Desde el primer momento sabemos perfectamente que no va a ganar (ni siquiera consiguió clasificarse para la final) pero aquí eso no importa. Lo importante es ver cómo un atleta representa la voluntad de todo un país más joven que él mismo mientras es aplaudido por todo el estadio. Eso es el espíritu olímpico. Tokyo Olympiad es, a fin de cuentas, un mosaico impresionista sobre la grandeza del deporte y la de una humanidad que es capaz de desarrollar hazañas tan bellas, ya sea saltando o corriendo, pero también mostrando a través de una cámara cómo se salta y se corre.

El resto del cine de los Juegos Olímpicos

Las películas del siglo XX

Después de Tokyo Olympiad vendrían muchas otras grandes propuestas cinematográficas. Mención especial merecen algunas como Visions of eight (la película de Múnich 72, codirigida por 8 directores diferentes, entre ellos un joven Milos Forman o el propio Ichikawa); O sport you are peace (la película de Moscú 80, en la que se ensalza la confraternidad entre los pueblos y que llegó a ser la propuesta de la URSS para los Oscar) o Marathon (la película de Barcelona 92, dirigida maravillosamente por un veterano Carlos Saura). Pero ninguna de éstas sería capaz de replicar la grandeza de la cinta realizada para los Juegos de 1964.

Las películas del siglo XXI

Y ni mucho menos han podido llegar a hacerlo las que se han venido realizando durante este siglo. Ya sea la de Pekín, Londres, Río de Janeiro, la propia Tokio nuevamente o cualquier otra, todas las películas realizadas para estos certámenes han perdido esa vocación verdaderamente cinematográfica. Ya no quieren ser películas, ahora quieren ser anuncios. Todo ello aderezado con un discurso neoliberal que se ha adueñado totalmente del deporte: el hermanamiento entre pueblos ha pasado a ser el «si quieres, puedes». La celebración de la humanidad se ha convertido en la cultura del esfuerzo. Y que se vean bien los logos de Nike y Adidas, eso que no falte.

Pero siempre podemos volver a Tokyo Olympiad

Aun así, supongo que al menos podremos volver a las palabras que cierran Tokyo Olympiad para recordarnos que, siempre, el deporte y el cine pueden ser otra cosa diferente a lo que son actualmente:

Pero ahora, esta noche, todos somos iguales: sin fronteras, sin raza. Un grupo armonioso de personas compartiendo sonrisas, amistad, la tristeza de la despedida. Qué podemos decir más que lo hermoso que es. Nos conmueve hasta las lágrimas. Imaginamos que la paz mundial, la paz entre la humanidad sea algo como esto, ahora. Adiós y cuídense. Ojalá volvamos a encontrarnos algún día.

Posdatas

PD 1: Para este artículo nos hemos centrado en las películas de los JJOO de verano, pero cada Olimpiada de invierno tiene tambien una obra cinematográfica que la acompaña. White Rock, de Innsbruck 76.

PD 2: Si queréis ver las películas de los Juegos Olímpicos, tenéis la gran mayoría en la web oficial de los propios Juegos. Disfrutadlas.