Acababa de empezar el año 2022 y me disponía a realizar con un grupo de amigos un viaje a Lisboa. Como en todo viaje que se precie, había ya una suerte de itinerario más o menos definido al que nos iríamos amoldando como pudiéramos con el pasar de los días. Este planning era lo suficientemente abierto como para permitirnos innovar e improvisar según lo que, creíamos, la capital portuguesa tenía para ofrecernos. No recuerdo si era ya el tercer o cuarto día de viaje cuando, tras las reubicaciones de algunas actividades, se nos quedó de repente una tarde vacía con la que no contábamos. Después de dar vueltas y vueltas al mapa del google maps lisboeta, haciendo zooms imposibles y abusando del street view (así planifico yo los viajes) se me cruzó por la cabeza un pensamiento: «¿Y si voy a la filmoteca portuguesa?»
La Cinemateca Portuguesa (que así se llama oficialmente) quedaba un poco lejos del centro y palidecía frente a otras propuestas de planes que habían hecho mis amigos, así que me acabé decidiendo por ir yo solo. Todavía recuerdo las sensaciones que me embriagaban cuando llegué a la puerta: «¿Pero esto en realidad se puede visitar o aquí sólo echan películas?» me preguntaba. Era la primera vez que iba a una filmoteca (o a cualquier cosa que se le pareciera lo más mínimo). Entré, intentando no establecer demasiado contacto visual con los funcionarios que estaban en el mostrador para que no me reconocieran por si acaso estaba incumpliendo alguna clase de norma que desconocía. Tras dar un tímido paseo y hojear algún que otro folleto me decidí a subir unas escaleras que, si mal no recuerdo, eran dobles y daban un leve giro sobre sí mismas. Fue entonces cuando me topé de bruces con una librería que, intuyo, es un destino usual de la cinefilia lusitana. Por aquel entonces llevaba escasos meses estudiando portugués, así que no me quedó más remedio que caer en la tentación de comprarme algún libro sobre cine en la lengua de nuestro país vecino. Era un win-win asegurado.
Pero el libro que me comprara no podría estar pensado y escrito en otra lengua y luego traducido al portugués. No. Tenía que ser una obra original en portugués. Así que, tras mucha vuelta en círculo por las estanterías de la librería, me decanté finalmente por O homem imaginado: cinema, ação e pensamento, de João Mário Grilo. Seguramente pasaran varias semanas entre que regresamos a España y me puse a leer este ensayo. Pero no lo sé, no recuerdo con demasiada certeza nada acerca de esta lectura. Excepto una cosa. Iba pasando el tiempo y no podía quitarme de la cabeza una frase que escribía Grilo. Primero fueron semanas, luego meses… y aquí estamos, más de 4 años después y todavía sigue siendo una frase recurrente que vuelve a mi memoria sin avisar cada cierto tiempo. Esta frase, traducida, decía algo así como: «cada vez se ven menos amantes besándose en el cine y eso es una noticia terrible».

Este enunciado podría pasar como algo meramente anecdótico, podrían ser otras declaraciones más de un viejo romántico que nos insiste que en su época todo era mejor, que los jóvenes ahora no tenemos ni idea blablabla… Pero si he pensado tanto en ella a lo largo de todos estos años es porque creo que da justamente en el clavo. Y es que tanto el amor como el cine están determinados por el contexto en el que se dan y no pueden escapar de las lógicas del capital. Qué más quisiera yo. El amor, normalmente, nace en los lugares que nos son cotidianos: conoces a alguien en tu lugar de estudio/trabajo o a través de alguien en común. Te empiezas a interesar por esa persona. Quieres que forme parte de tu cotidianidad y tú quieres formar parte de la suya. Pero esta cotidianidad no se da en un vacío, se da en lugares concretos. Ahora bien, ¿Qué pasa cuando el cine no es uno de esos lugares?
Desde que el cine se asentó como un medio, las salas siempre han sido un lugar privilegiado en el que desarrollar nuestro ocio. Pero es un lugar que nos está siendo arrebatado. Al cine como medio todavía le queda, espero, mucho por vivir. Pero, desgraciadamente, al cine como espacio físico… de eso no estoy tan seguro. Esto es la consecuencia de muchos factores concretos: la subida constante del precio de las entradas, la desaparición de los cines de pueblo/barrio, el esfuerzo de las plataformas de streaming en hacer que todo esto se desvanezca, la consolidación de ciertas dinámicas de consumo… pero todos estos puntos ya los conocemos todos de sobra y señalarlos no es el objetivo de este artículo (o al menos no solamente). Aquí hemos venido a hablar de cómo todo esto afecta a la relación entre el amor y el cine. Esperemos que no acabe en divorcio.
Una relación romántica, por más que podamos pensar que es algo que se da de manera privada entre varios individuos, jamás podrá huir del espacio público. Nos damos nuestro primer beso bajo el mismo árbol que otras personas se dieron también su primer beso; nos decimos te quiero por primera vez sentados en un banco en el que otras personas se dijeron también te quiero por primera vez; nos acariciamos la mano por primera vez en la misma sala de cine que otras personas se acariciaron también la mano por primera vez. Con suerte, habrá otra pareja un par de filas más atrás que también lo esté haciendo por primera vez. O por segunda. O lleve toda la vida haciéndolo.
Pero vivimos tiempos oscuros, unos tiempos en los que tener una cita que suponga ir al cine a ver una película está en declive. ¿Para qué vas a gastarte 8 o 10 euros en ir al cine con una persona que ni sabes si vas a volver a ver? ¿Para qué vas a desplazarte hasta el centro de la ciudad/afueras del pueblo (curioso el espacio que ocupa el cine según el tipo de población, pero eso es otro asunto) si ya puedes hacer otras cosas más interesantes por alguno de vuestros barrios? ¿Por qué ibais a ir siquiera a otro sitio que no fuera alguna de vuestras casas si ya estáis pagando cada uno 10 plataformas de streaming diferentes? Netflix and chill se decía, ¿no? Porque ir a ver una película jamás se trató solo de ver la película: es decidir qué película queréis ver, encontrarte con algún conocido de camino al cine, ver qué otras obras hay en la sección de «próximamente» y, sobre todo, hablar sobre esa película que acabáis de ver durante el camino de vuelta. Más aún cuando uno está enamorado, que lo único que busca es una excusa para hablar un poquito más con la otra persona. Además, aunque esto puede que ya sea una percepción mía y de una mirada un tanto negativa a este respecto, creo que en la ficción cada vez abundan menos las escenas que retratan primeras citas (o citas en general) en una sala de cine. Parece que, al menos aquí, la ficción se adelanta a imitar a la realidad y no al revés.
Todo esto no es casual. Se nos está empujando desde muchos frentes a la vez para que creamos que el ocio debe ser privado y privativo. Y sin espacios públicos y actividades que los sostengan, es imposible desarrollar el amor. Por ello, hemos de sacar el amor a las calles y que éste ocupe los lugares que le corresponde. El cine como espacio tiene que volver a nuestra cotidianidad para que así al amor le merezca la pena vivir en él. Demostrémosle a la ficción que todavía es pronto para dejar de representar a amantes que eligen el cine como lugar de una cita. Pero, sobre todo, seamos esos amantes. Besémonos más en el cine. Que si en el futuro alguien se vuelve a encontrar con algún libro que ose decir que cada vez hay menos amantes besándose en el cine, que crea, con razón, que es una triste anécdota del pasado.