Los agentes secretos aún están aquí

El tratamiento de la memoria en el cine brasileño actual

Han pasado ya varios meses desde que se celebró la última gala de los Premios Oscar (pero escasas semanas desde que Filmin añadió esta cinta a su catálogo). Y pese a que al final se fuera de vacío, había una película que, cuando anunciaron las nominaciones, parecía generar sorpresa entre el público: ¿Otra película brasileña nominada? ¿Pero se lo van a dar a Brasil dos años seguidos? Quien conozca mínimamente a la persona que hay detrás de estas palabras, sabrá que vive apasionado por Brasil y toda su cultura, así que no es de extrañar que haya vivido las temporadas de premios de estos dos últimos años con gran ilusión. Qué más quisiera yo, pues, que rendirme en alabanzas ante O agente secreto y Ainda estou aqui, las dos obras que las han capitaneado, pero hay algo detrás de ellas que hace que no sólo no me convenzan, sino que creo que es hasta peligroso.

Fernanda Torres en Ainda estou aqui

Para quien no esté familiarizado con cómo Brasil entiende su propia cultura y sus productos culturales, os puedo asegurar que el pueblo brasileño es uno que antepone lo producido nacionalmente a la obra cultural extranjera. A veces se manifiesta con una voluntad subyacente de poder alzar la voz ante una conversación cultural que los ha dejado de lado, pero otras veces cayendo en un discurso ciertamente chovinista (que me perdonen los hermanos de mi tierra, pero es en cierta manera similar a lo que nos pasa a los andaluces), pues hay personas que ni siquiera se consideran a sí mismas latinas, ellas son «una cosa aparte». Sin ir más lejos, tenemos las polémicas declaraciones de Óliver Laxe (sí, una de tantas) en las que destacó el carácter ultranacionalista de los brasileños. Como ya nos acostumbró el director gallego durante la larga promoción de Sirât el año pasado, no atina demasiado en la elección de palabras, pero no va desencaminado del todo con el trasfondo de las mismas. No es fácil entrar en el mercado brasileño, pero tampoco lo es salir.

Teniendo esto en mente, os podéis imaginar la fiesta generalizada que supuso que Penélope Cruz anunciara el año pasado a Ainda estou aqui como ganadora del Oscar a Mejor Película Internacional. Una gran parte del público brasileño, aprovechando que era carnaval, sumó un motivo más para celebrar un brindis. No obstante, hubo otra que, pese a sentir ese fervor nacionalista momentáneo del que a veces es complicado escapar, argumentaba que el Oscar no era tanto un reconocimiento a la industria cinematográfica brasileña (que está, a todas luces, en un gran estado de forma) o un premio que sirviese para ayudar a entender los procesos históricos del país, sino que premiaba una visión muy concreta sobre el propio Brasil, la memoria y, como decía Wagner Moura en su discurso cuando recibió el Globo de Oro: el trauma generacional. La historia, con un poco menos de suerte en lo que a galardones se refiere, se ha repetido este año con la cinta de Kleber Mendonça Filho: una película ambientada en la dictadura cívico-militar brasileña con una resonancia temática absoluta con su predecesora.

Para lo que fue la promoción de este último largometraje en su carrera al Oscar, la cuenta de Twitter oficial de la misma subió el día 5 de marzo una conversación entre Wagner Moura, Kleber Mendonça Filho, Fernanda Torres y Walter Salles, ya sabéis, los 4 fantásticos del cine brasileño actual, en la que ponían a estas dos obras a dialogar entre sí. Esto no hubiese sido extraño si no fuera porque la charla no se dio en portugués, la lengua nativa de todos ellos, sino que se hizo en inglés. Y sí, soy consciente de que esto es más una decisión de la distribuidora que de ellos mismos, pero es sintomático de cuál es el problema con estas películas. Un problema que se hace muy palpable en 3 significativas intervenciones a lo largo de esta pequeña conversación, que vienen a decir algo así como lo siguiente:

  • Fernanda Torres: «¿Qué está pasando que de repente tenemos sentido para el extranjero?»
  • Walter Salles: «La película (O agente secreto) expande el entendimiento de lo que es la identidad brasileña.»
  • Wagner Moura: «(…) la creación y la exportación de la identidad, y eso es algo que a los estadounidenses se les da de maravilla, es genial poder hacerlo nosotros. No sólo para el extranjero, sino para nosotros mismos.»

Si a la hora de realizar una película eres consciente de que subyace la voluntad de exportar una identidad (sea lo que sea eso), no la estás exportando, la estás vendiendo. Y a veces ni tan siquiera, pues la dejas a merced de que las fuerzas centrípetas del mercado cultural (o del mercado, a secas) la interpreten como deseen y tú, con el pasar del tiempo, no sólo legitimes esa versión, sino que la aceptes como algo intrínseco a tu grupo cultural y, consecuentemente, a ti mismo. Si me volvéis a permitir el símil andaluz, podemos interpretarlo como un fenómeno similar, salvando las distancias, a cómo el Franquismo vendió la versión que le era favorable al régimen de qué nos hacía andaluces a los andaluces. Y aquí seguimos, décadas después haciendo bandera de la miseria.

No nos desviemos. Cojamos el vuelo de vuelta a Brasil y veamos cómo O agente secreto acaba cayendo en estos postulados. Alguien que se adentra por primera vez en el cine de su director puede salir un poco desconcertado ante la aparición de ciertos elementos que buscan generar precisamente esa sensación en el espectador (en este caso los ejemplos más claros son el tiburón, el gato bicéfalo y a perna cabeluda) ya sea por su estilo seco a la hora de representarlos cinematográficamente o, a veces, la correspondencia muy concreta de esa simbología con su Recife Natal. Pero si ya sois unos habituales en la obra de Mendonça Filho, sabréis que este tipo de símbolos tiene una gran presencia desde el inicio de su carrera con sus primeros cortometrajes. No hay más que ver sus cortos Vinil verde o Eletrodoméstica para ver con qué poder sobrenatural dota a los objetos cotidianos (los tenéis en Youtube, por cierto). La otra gran característica de su obra es el imperante humanismo que lo impregna todo. De esto el mayor exponente lo tendremos sin duda en su película anterior, Retratos fantasmas, donde le da al cine (como espacio y como arte) ese papel mesiánico tan del gusto de los cinéfilos (y no os voy a engañar, yo a este tipo de propuestas acudo presto como mosca a la miel). Si habéis visto esta última, reconoceréis el cine en el que transcurren algunas de las escenas más importantes de la película protagonizada por Wagner Moura. En estos dos pilares se fundamenta entonces O agente secreto: un realismo mágico de la extrañeza (que así me gusta denominarlo a mí) y un imponente humanismo.

Ahora bien, son dos elementos con los que hay que hilar muy fino si tu obra, además de estar ambientada en una dictadura cívico-militar, tiene como eje discursivo principal la memoria y, usando nuevamente las palabras de Moura, el trauma generacional. La dictadura, durante la cual se desarrolla la mayor parte del metraje, no se llega a explicitar del todo. Al principio, unas letras nos indican que estamos en Brasil durante el año 1977 y sustituyen la palabra dictadura por «uma época cheia de pirraça». En cambio, su presencia es algo latente durante toda la trama, como si a los personajes los acechara constantemente un fantasma que el director parece estar dispuesto a no revelar jamás. No obstante, a veces este postulado parece caer en el olvido y tanto desde la dirección como desde no pocas líneas de diálogo se esfuerza en que al espectador no se le escape un detalle y no pueda imaginar nada que esté más allá de la obviedad. Es como si la presencia de ese fantasma se manifestara en algunas escenas con alguien vestido con una sábana blanca que aparece de vez en cuando en plano mientras grita «la dictadura está mal».

No me estoy refiriendo a que las películas tengan que venir con un QR al final que escaneas y te lleva al vídeo de Youtube donde te la explican (cosa que casi no le falta a O agente secreto con su epílogo). Es más, es muy de mi agrado ver que se ha tomado ese tipo de decisión a la hora de construir una narrativa cinematográfica. Pero al menos se ha de ser consecuente con este planteamiento. Mientras estás desarrollando ese juego de mostrar por un lado lo que por otro escondes, lo que el espectador ve en pantalla es una recreación de la época a través de un diseño de producción y una fotografía que no cesan en insistirnos en que veamos lo bonito que es todo. Y no te culpo, Kleber, a veces uno se pasa con la idealización nostálgica de su infancia, pero cuando ésta coincide con una dictadura cívico-militar en tu país, al menos hay que levantar un poco el pie del acelerador a la hora de buscar que tu película se vea «chula». ¿Cuál es el resultado de todo este mejunje? Pues que aún sigo recordando perfectamente un tuit que allá por marzo compartía una captura de una review de Letterboxd de la película escrita por un brasileño que decía algo así como «qué bonitos se ven la ropa y los coches, ojalá haber podido vivir esa época». ¿Os acordáis de aquella famosa cita de François Truffaut que decía que todas las películas bélicas son en realidad belicistas, incluso las que son anti-bélicas, por cómo la guerra queda representada? Pues eso mismo.

Pocos días después de salir del cine de ver la película, todavía dando forma a muchos de los pensamientos que he puesto hoy aquí por escrito y aprovechando que tengo buenas amistades por aquellas latitudes, le pregunté a una amiga brasileña qué opinaba ella tanto de O agente secreto como de Ainda estou aqui y de cómo estos filmes trataban la memoria. Primeramente, me insistió en que debía añadir la palabra «cívico» al referirme a la dictadura brasileña, precisamente por el papel de la población civil dentro de la misma. Esta simple aclaración nos da tal vez la respuesta del porqué Mendonça Filho elige representar a la dictadura en manos de empresarios o policías y no militares. Me aclaraba también que un gran argumento a favor de la película del director pernambucano era precisamente sacar el foco de Rio de Janeiro y São Paulo a la hora de contar las historias y dárselo a otros puntos de ese país tan inmenso que es Brasil (qué sería de nosotros aquí si sólo pudiéramos vernos en la ficción a través de historias madrileñas y barcelonesas, ¿no?)

El punto en el que más me insistía a lo largo de los audios que me mandó era que los protagonistas de sendos filmes no eran guerrilleros, sino personas más «comunes», una palabra que ella misma entrecomillaba, por lo que ayudaba a entender mejor los procesos por los que pasó la gente de a pie en momentos históricos de estas características. Sin embargo, como ya le respondí, no llego a estar de acuerdo con esta afirmación. Una familia que tiene un chalet en primera línea de playa en Copacabana o un hombre que es jefe de investigación en una universidad no son personas «comunes». Y ahí creo que radica la raíz de lo verdaderamente problemático de estas obras al tratar la memoria. ¿Es la memoria de quién, de qué parte de la sociedad? ¿Desde dónde y hacia dónde se habla de esa memoria? Una película, o cualquier producto cultural, no es menos política por no tener a personajes que sean agentes políticos directos, simplemente es política de otra forma. Y esto Walter Salles y Kleber Mendonça Filho lo saben de sobra, pero en ese intento de hablar de la memoria de Brasil acaban hablando de la memoria de su Brasil. Un humanismo sin horizonte militante es caer irremediablemente en las garras del discurso socialdemócrata, un discurso que jamás solucionará la problemática de la memoria, que seguirá estando enterrada, pero con una lápida más bonita. Ninguna película que desarrolle su discurso político más a la izquierda de la socialdemocracia estará jamás nominada a ningún Oscar, y mucho menos lo ganará.

Fotograma de Cabra marcado para morrer

Aun así, a pesar de todos los párrafos anteriores, O agente secreto me parece una gran película y cinematográficamente mucho más interesante que Ainda estou aqui. Mientras personas como Kleber Mendonça Filho vivan, el cine seguirá teniendo buenos artesanos, lo cortés no quita lo valiente. Pero si queréis ver una película sobre la dictadura cívico-militar brasileña (que no se os olvide el primer adjetivo) con un tratamiento satisfactorio de toda esta problemática que hemos desarrollado, Cabra marcado para morrer (Eduardo Coutinho, 1984) siempre es una buena opción.