Verse para imaginarse: el poder de los referentes en el cine

Ver otras vidas en pantalla amplía nuestra identidad y posibilidades.

Ver otras vidas en pantalla amplía nuestra identidad y posibilidades.

En febrero de 2018, durante la gala de los Feroz, Los Javis subieron al escenario para recoger el premio a Mejor Película de Comedia. El discurso, que podía haber quedado como un simple agradecimiento, se convirtió en algo que habla mucho más de cine o del propio premio. 

«Yo soy gay. Tengo un novio que me quiere, una familia que me apoya y estoy aquí cogiendo este premio». 

Esta frase, aparentemente muy sencilla, contenía una carga simbólica bestial. No nos habla únicamente sobre su identidad, no es ninguna revelación, es la afirmación de una vida posible. Una vida que durante mucho tiempo habría sido muy difícil de ver en las pantallas españolas. Por fin podíamos contemplar la imagen de una persona homosexual que no estaba asociada al conflicto o al rechazo, sino al afecto y al reconocimiento profesional. 

«Si algún niño, alguna niña o alguna persona me está mirando y tiene miedo, si siente que está perdido, si siente que no le van a querer, que sepa que le van a querer, que va a encontrar su sitio, que su familia le va a querer y que va a cumplir su sueño». 

Ahora Javier Calvo le hablaba a alguien anónimo, alguien que quizá está buscando respuestas sobre sí mismo. Esa apelación revela una idea fundamental: el cine y los cineastas no solo producen historias, también construyen imaginarios y ofrecen modelos de identificación. 

Y aquí es donde comenzamos a hablar de los referentes. A veces cometemos el error de pensar que los referentes son los personajes con los que nos identificamos, y no es solamente eso. Está claro que cuando un personaje se parece a nosotros hace que sintamos la historia más nuestra, pero los referentes van más allá, nos permiten imaginar quién podemos llegar a ser. El referente no tiene por qué decirnos “eres como yo». Simplemente tiene que decirnos “yo existo, y por tanto tú también puedes existir”.  Ya que si la cultura habla de algo es porque ese algo es real provocando una aceptación y normalización de lo mismo en la sociedad. 

Un referente es una posibilidad. Tenerlo implica poder mirar a alguien y pensar que esa puerta también puede estar abierta para ti. 

Un adolescente que nunca ha visto a una persona como él protagonizando una historia de amor puede tener dificultades para imaginarse a él mismo dentro de una. Una niña que jamás ha visto a una mujer detrás de una cámara puede pensar que ese espacio no le pertenece. Alguien que crece sin ver familias parecidas a la suya puede creer que la suya es una excepción, que es rara. 

Obviamente esto no significa que una película pueda determinar quién somos o quién vamos a ser. Sería darle al cine un poder gigantesco. Sin embargo, sí que puede estrechar o ensanchar el campo de lo que es imaginable. Y algunos decían que si algo es imaginable quizá pueda convertirse en posible. 

Durante muchos años los pocos referentes que existían para, por ejemplo, las personas LGBT, estuvieron ausentes, relegados a secundarios, asociados al sufrimiento y a los finales trágicos o caricaturizados. Algo que también sucede con los personajes migrantes o, para no irnos mucho más lejos, con los propios andaluces. 

Os lanzo algunas preguntas, ¿cuántos personajes que cumplieran el estereotipo de mejor amigo gay conocéis de las películas de los 90 o 2000? ¿Cuántas obras de ficción muestran a dos mujeres que jamás pueden acabar juntas? ¿Cómo se han representado los personajes migrantes en el cine? Y, ¿qué es lo que pasa cuando el único personaje que se parece a un colectivo concreto siempre acaba mal? 

A veces un referente no es únicamente verse representado, también importa cómo se representa esa vida. Aunque es importante mostrar la realidad de las dificultades de los distintos colectivos, no caigamos solamente en eso. Por ejemplo, una persona trans no sólo sufre, también se enamora, discute con sus padres, trabaja, se divierte, tiene una familia… Simplemente vive. Con esto planteo lo siguiente:  ¿por qué no ver más personajes homosexuales que sean agentes secretos, escritores, policías o superhéroes y que no sean simplemente gays? Porque una orientación sexual, un lugar de procedencia o una identidad de género es solo una parte de quién es alguien, no toda su personalidad, no define quién es. 

Es cierto que la representación contemporánea ha ido ampliando sus posibilidades. En muchos casos hemos pasado de historias que cuentan “soy x y tengo un problema”  a “soy x y esta es mi historia”. Por lo que la identidad deja de ser obligatoriamente el conflicto de la película y se convierte simplemente en una característica más del personaje. Buen ejemplo de ello son obras como The Last of Us o las primeras temporadas de Euphoria. 

 

Jules y Rue en Euphoria.

Hoy parece que siempre tenemos la palabra referente en la boca pero, ¿nos hemos acostumbrado tanto a hablar de representación que hemos olvidado para qué sirve? Porque que un personaje pertenezca a algún colectivo poco representado no significa necesariamente que sea un buen referente. ¿Acaso la relación de Elio y Oliver en Call me by your name  es una buena representación del amor? Porque aquí es donde conviene diferenciar entre la representación cuantitativa (hay muchos personajes diversos) y la representación cualitativa (hay personajes diversos que tienen profundidad y se pueden imaginar como personas completas). 

Quizá aquí está el verdadero problema de hablar de referentes como si simplemente fueran una cuestión de cantidad. No necesitamos únicamente más personajes diversos, sino más vidas distintas. Personajes que puedan ser protagonistas sin que su identidad se convierta en el conflicto de la historia. Porque un personaje homosexual puede tener una historia de amor, pero puede ser mil cosas más, como alguien que simplemente se levanta todos los días para ir a trabajar. La representación más normalizada es precisamente aquella que llega en el momento en el que nos dejamos de preguntar el porqué de que ese personaje sea diferente y comenzamos a preguntarnos quién es de verdad. 

Vuelvo al discurso de Javier Calvo y a aquella persona anónima que está mirando desde su casa. Quizá nunca sabremos quién era ese niño, ni qué personaje se convirtió en su referente, ni si ver a Javier Calvo recoger un Feroz le sirvió para imaginarse una vida que antes no contemplaba. Pero esa es precisamente la fuerza de normalizar, los referentes no tienen que decirnos quién debemos ser, nos enseñan que hay más posibilidades de las que conocíamos, que tener una realidad diferente a la “normativa” no es no ser normal. El cine no puede garantizar que encontremos nuestro sitio, ni que nuestra familia nos acepte, ni que cumplamos nuestros sueños. Pero puede mostrarnos que otras personas han encontrado el suyo y, durante dos horas (o más), hacernos pensar que quizá nosotros también podemos hacerlo. Porque a veces solo basta con tener la posibilidad.